viernes, 10 de julio de 2015

Palabras de apertura a la presentación de "Tonada de un viejo amor", de Mónica Lavín

En horas de la tarde de ayer tuvo lugar la presentación de la novela de Mónica Lavín, "Tonada de un viejo amor". La Pereza Ediciones agradece al Instituto Cultural de México, y en especial al Cónsul de México en Miami, el Sr José Antonio Zabalgoitia, por el espacio y el profesionalismo ilimitado, en un evento del que reproducimos a continuación las palabras de bienvenida, por Greity González Rivera, directora de la editorial.


Tonada de un viejo amor comienza con una certeza y termina con una incertidumbre, como deben comenzar y terminar los buenos libros. No es una historia de amor, aunque esté narrada con la intención primera de atrapar, de conmover, incluso, de impresionar. Es un relato sobre el sentido de la fatalidad, y esa es la lectura que quiero darle hoy, pese a que ayer le di otra, y mañana podré, sin dudas, darle una muy distinta. Pero ésta de hoy es la que yo quisiera que se llevaran ustedes a casa.

Tonada… va ya por su quinta edición, y cada vez que se imprime, cobra nueva vida, porque dentro de su clásico revestimiento, es ésta una novela inquietante, que nos hace pensar que hay en sus páginas mucho más de lo que nuestros ojos leen. No se trata sólo de una narración  marcada por el incesto, entre un tío playboy y su sobrina carnal, ubicada en un rígido pueblo mexicano de los años 40 del siglo XX. Tonada de un viejo amor es realmente la historia de la imposibilidad; y de esa fatalidad y ese determinismo que pudiera muy bien ser también otra especie de naturalismo literario. ¿Sería aventurado referirnos a un neonaturalismo?  No cabe dudas que existe un determinismo expresado en la frustración de la protagonista, Cristina, quien vive ahogada entre las convenciones de su familia, una raza de hombres y mujeres genéticamente programados para continuar perpetuando su especie de vinicultores, mediante casamientos disparejos y un sentido de inamovibilidad caracterizado por fiestas pueblerinas abundantes de vino y lujurias secretas, las cuales por fuerza no han de conducir a ninguna parte.

De ahí las alusiones al ajedrez que desde el inicio de la novela, mediante el exergo de Borges, menciona Lavín. No hay en esta historia movimientos reales posibles, mucho menos exitosos. Cuando la dama intenta dar un largo paso, en cualquier dirección, ha de impedírselo incluso un simple peón. Esto se refleja también en el viaje de Cristina a la ciudad. A la muchacha le frustra darse cuenta que en el México citadino tiene lugar una vida diferente, para ella, una vida superior.

De esta suerte, Cristina, más que sentirse decepcionada por no poder disfrutar abiertamente del amor de Carlos, odia el no poder vivir como los personajes famosos de su época. Sobre esta impresión que causó en ella la “ciudad de los palacios”, discurre la joven, dando muestras, por otra parte, de un bovarismo desmesurado.

“Aquí los amores prohibidos se volvían realidad, cada quien amaba a quien quería: María Félix, después de haber estado casada con Agustín Lara, que la volvía canción y eternizaba su belleza, se casaba con Jorge Negrete. La hija del general Mondragón se enamoraba de un pintor viejo y dejaba a su importante marido. El público que se escandalizaba, agradecía el escándalo: las pruebas de vida. Tenía que reconocerlo, la ciudad atizó la ira de su corazón. Pero la había provisto de imágenes y palabras, música y atardeceres distintos como para que no nada más se la tragara el polvo seco del desierto o su almohada de señorita rica, inútil, sin más oficio que el uso de las tijeras, la aguja y el dedal”. 

El popular bolero “Solamente una vez”, que da título a la primera de las dos partes en que se divide la novela, los referentes a la música jazz, tan cosmopolita y a la vez tan acorde a la época descrita en la novela, el cuadro que se hace pintar desnuda Cristina, todo esto, reafirma la idea de una novela-mosaico, de una novela-caleidoscopio, en la que las escenas eróticas, que abundan, son descritas también con fuerza y sin tapujos. Lavín escribe sin miedo a escandalizar, porque es su pluma una pluma refinada. Valga este pasaje como uno de los mejores ejemplos de un encuentro sexual que no teme el grafismo más natural y elegante:

“Una vieja silla de palo era el lugar donde Carlos se sentaba después de que uno a otro se desnudaban con furia y Cristina a horcajadas se ensartaba en aquel pene lustroso, el único que ella conocía, el único que ella deseaba, porque deseo y amor eran lo mismo. Carlos, que había probado mujeres a capricho, nunca antes había sentido un placer tan acusado, una erección tan prolongada, una secreción tan abundante como la que le sobrevenía mientras las nalgas blancas y redondas de Cristina se apoyaban en sus ingles”.

Y cuando Carlos descubre, para su desasosiego, que siente también pasiones sexuales desbordantes por su esposa fea y mojigata, un lector pasivo puede llegar a confundirse, pero un lector activo sabe que hay aquí fuertes tintes del naturalismo más zolesco, ese que postulaba en sus manifiestos, que es la influencia de la herencia y del ambiente lo único que importa en el desenvolvimiento de los personajes.  

 Tonada de un viejo amor es una novela para reivindicar, si cabe esta palabra, una y otra vez. Una novela, en suma, para disfrutar una y otra vez, y es que, como dijera en cierta ocasión Italo Calvino, “los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir: “Estoy releyendo...” y nunca, “Estoy leyendo.” 

 

Greity González Rivera                                           

Julio 9, 2015

 

 

jueves, 18 de junio de 2015

Prólogo escrito por Jorge Volpi para "La tradición del presente: el fin de la literatura universal y la narrativa latinoamericana", del narrador y periodista costarricense Carlos Cortés

CARLOS CORTÉS, ARQUEÓLOGO

Jorge Volpi

Si algo sorprende en La tradición del presente, de Carlos Cortés, es la mesura y la lúcida distancia con que retrata un mundo que, como él mismo reconoce, parece haberse extinguido: esa Edad de Oro de la literatura latinoamericana que se extiende entre la publicación de Ficciones y Pedro Parámo, y el Premio Nobel concedido a Mario Vargas Llosa en 2010. Más que como un periodista o un crítico literario —aunque destaque en ambas disciplinas—, Cortés se comporta como un arqueólogo capaz de desenterrar, limpiar, estudiar y exhibir esas reliquias de una civilización extinta, de ubicarlos en su contexto y de analizarlos con la pericia y el amor que sólo puede tener alguien que ha dedicado su vida a esta apasionante empresa.

            Conocí a Carlos Cortés en el que, para los escritores de mi generación, resultó un encuentro mítico: la reunión organizada por la editorial Lengua de Trapo y la Casa de América de Madrid en 1999 con motivo de la aparición de la antología Líneas Aéreas. Yo acababa de publicar En busca de Klingsor y allí pude encontrar a quienes serían desde entonces mis compañeros de batallas: de Edmundo Paz Soldán a Alberto Fuguet, de Alejandra Costamagna a Fernando Iwasaki o de Rodrigo Fresán a Santiago Gamboa, por sólo nombrar a unos cuantos. Entre ellos, Carlos destacaba por su sobriedad y su elegancia, así como por un humor sutil, casi británico, en medio de los excesos de tantos otros de los participantes. Poco después lo reencontré en San José de Costa Rica, un país al que me une un cariño especial, y desde entonces nos hemos encontrado en distintas partes del mundo, si bien no con la frecuencia que nuestra complicidad exigiría.

            Tras leer sus novelas y textos periodísticos, sumergirme en La tradición del presente no ha hecho sino confirmarme la peculiar simpatía que me une con él: si no fuera poco creíble decir esto en el prólogo a un libro que incluye un ensayo sobre una de mis novelas, diría que se trata de uno de los más lúcidos y serenos ensayos literarios que he leído en muchos años. Igual que Cortés, yo también creo que la literatura latinoamericana —o más bien la narrativa latinoamericana— ha desaparecido en nuestros días. Nada queda de aquella sensación de hallarnos frente a una corriente colosal, en la cual era posible distinguir ciertos rasgos característicos —la imaginación, la fantasía, la crítica social, la ambición formal, la polifonía y los ecos del pasado—, como en ese período tan fecundo y tan anómalo encarnado por el boom y sus coetáneos.

            Era inevitable que sea así. Después de que una horda de visionarios modelase ese corpus —esa civilización— a lo largo de medio siglo, la decadencia o la extinción de sus principios resultaba inevitable. Ello no implica, por supuesto, que al desaparecer la literatura latinoamericana hayan desaparecido los escritores latinoamericanos; sólo que éstos ya no son claramente identificables, no defienden los mismos principios estéticos y políticos y no se asumen como portavoces o conciencias de América Latina, como ocurrió en el apogeo de García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes.

            Sepultados los colosos, queda sin embargo otro mundo por descubrir, por revelar: el de aquellos que, queriéndolo o no, han seguido sus pasos. Esas nuevas especies que encuentran en el boom su antecesor común y su principal fuente de conflicto, con Bolaño como máximo ejemplo. En este panorama movedizo, Cortés nos sirve como el mejor guía posible. Se trata de alguien que, en vez de tener una hipótesis preestablecida, como tantos otros estudiosos, prefiere desmenuzar con cuidado extremo tanto los fenómenos generales como las conductas y las obras de los escritores de la región: esas especies mutantes que todavía no hemos sido capaces de clasificar.

            Tras revisar las obras de algunos maestros latinoamericanos y de insertar tres magníficos perfiles de tres extranjeros imprescindibles, Cortés se lanza a explorar otras regiones, en particular el desarrollo que a lo largo de los últimos años ha tenido la crónica. A continuación, se detiene a reflexionar y especular sobre su propia zona geográfica —esa siempre inasible Centroamérica— para luego dedicar algunas de las mejores páginas de La tradición del presente a examinar, con idénticas dosis de celo y de destreza, de cariño y de cuidado, algunos libros y autores que le parecen indispensables a la hora de trazar el mapa de nuestro tiempo. Conviven en sus observaciones toda clase de especies, marinas y terrestres, anfibias y voladoras, con puntos particularmente agudos al revisar el papel de los clásicos del boom e insertar, entre ellos, esas voces nuevas o discordantes tan necesarias para escapar de los prejuicios.

            Quien se adentre en La tradición del presente, no dejará de sentir un punto de nostalgia al constatar el esplendor de un mundo ido, pero a la vez se quedará con la esperanza de que el Nuevo Mundo que Cortés anticipa se alza ya, con fuerza propia, entre nosotros.

La tradición del presente, en Amazon:

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Carlos Cortés publica con La Pereza Ediciones un libro de ensayos inéditos

 
De la pluma de uno de los escritores más relevantes del quehacer costarricense contemporáneo, llega "La tradición del presente: el fin de la literatura universal y la narrativa latinoamericana".
"La tradición del presente..." reúne parte del quehacer periodístico de Carlos Cortés, y es un libro que cumple a cabalidad el presupuesto que nunca ha de olvidar todo autor de ensayos, el cual consiste en no permitirse ni por un instante aburrir al lector, a la par de ofrecerle una lección magistral de buena literatura y conocimientos únicos.
Aquí, el enlace del libro a Amazon, desde hoy disponible en librerías de Estados Unidos y Puerto Rico, y en los próximos días en España y Latinoamérica.

http://www.amazon.com/tradici%C3%B3n-del-presente-literatura-latinoamericana/dp/0692422307/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1434635291&sr=8-2&keywords=Carlos+Cortes&pebp=1434635296913&perid=18TKMH8FPAH1E662KENC




miércoles, 15 de abril de 2015

Reseñas realizadas a "Mientras crece el bosque", libro de relatos del escritor y diplomático español Guillermo Corral

Aquí, los enlaces a algunas de las reseñas escritas en diversos periódicos para "Mientras crece el bosque", libro de relatos de Guillermo Corral, el cual muestra al lector una visión muy particular de la vida en los suburbios norteamericanos.

Entrevista con Jaime Bayly:

Yahoo recogiendo la nota de EFE:

Intereconomía:

Latino Fox News:

Terra Argentina:

Crónica Viva de Perú:

ABC:

Diario de las Américas:

El Nuevo Herald:

Del autor del microcuento más corto en lengua castellana, Luis Felipe Lomelí, llega a La Pereza Ediciones un libro excepcional


"Okigbo vs las trasnacionales y otras historias de protesta" narra el maravilloso viaje por la vida del Dr. Okigbo Richardson ‘Ndajeé. La historia comienza con la noticia terrible de su desaparición, en circunstancias extremadamente confusas, después de dictar una conferencia magistral en la Universidad de Iowa. Entonces comienza a trepidar la máquina escandalosa de la imaginación. Ningún tema crucial le fue ajeno al maestro ‘Ndajeé: la desnutrición infantil, el arte contemporáneo, la violencia contra los animales, la historia universal (que rechaza por su condición intrínseca que la torna heteronormativa) y su lúcida y espectacular propuesta de una estética del cariño. En nada tuvo éxito –o casi– y no pocas veces sólo consiguió empeorar las cosas, pero ello no lo detenía. Por eso, si con alguien pudiera comparársele, sería con aquel andante de triste memoria, de quien nadie quiere acordarse ya, Alonso Quijano, o Quejana, o Quesada quien, adarga al brazo y ciego de sinrazones, tenía el vicio de enfrentar molinos.

Aquí, el link de acceso a Amazon:

http://www.amazon.com/Okigbo-transnacionales-historias-protesta-Spanish/dp/0692414762/ref=sr_1_fkmr0_1?ie=UTF8&qid=1429131033&sr=8-1-fkmr0&keywords=Okigbo+vs+las+trasnacionales