lunes, 20 de noviembre de 2017

La joven escritora cubana Z. Ferro publica su primera novela


La China es una mujer cubana, aunque ella es también cualquier mujer latinoamericana inmigrante en Miami. Como todas, la China sueña con la esperanza de una vida más próspera; una vida en la que algún sueño, que por lo general es el sueño de otro o de otros, sea posible. Pero la mala suerte acecha siempre, y la China lo sabe, y es vulnerable a sufrirla. La mala suerte con rostro de divorcio, de soledad, de muerte. La China madre, la China esposa, la China hija, la China amiga, tratará de luchar como la ha hecho siempre, como si cada lucha fuese la última. El lector se encontrará ante la exquisita pluma de una joven escritora que ha conseguido, como muy pocos autores cubanos residentes en Estados Unidos, retratar con vividez y fuerza la historia de muchas mujeres miamenses; mujeres que parecen ser hijas de ese fatalismo interminable tantas veces asociado al acto de emigrar.

Debajo, el enlace para adquirir el libro en Amazon:

jueves, 16 de noviembre de 2017

Sergio Ramírez, autor de Juan de Juanes (La Pereza Ediciones, 2013), gana el Premio Cervantes 2017

El escritor es el primer nicaragüense en obtener el galardón. Novelista y periodista, fue revolucionario sandinista y vicepresidente de su país entre 1985 y 1990 con Daniel Ortega.
Debajo, el link de acceso a la noticia:

https://elpais.com/cultura/2017/11/16/actualidad/1510822591_464547.html

domingo, 5 de noviembre de 2017

Manuel Ortuño publica con La Pereza Ediciones, La paloma no debe morir, una novela que reinvindica, una vez más, el difícil género de la ciencia ficción

Manuel Ortuño ha conseguido en estas páginas una distopía monumental que habrá de cuestionarlo todo en la búsqueda de la verdad, la razón del ser y el estar; y la asunción del destino no como algo ya hecho y fatal sino como un acto de fe, de dignidad, y de realización personal.

Aquí, el enlace al libro en Amazon:

https://www.amazon.com/paloma-debe-morir-Spanish/dp/1979048835/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1510013549&sr=8-1&keywords=La+paloma+no+debe+morir&dpID=41QR0nBey9L&preST=_SY291_BO1,204,203,200_QL40_&dpSrc=srch

viernes, 3 de noviembre de 2017

La agencia EFE entrevista al escritor mexicano Laury Leite

A propósito de la publicación de su primera novela: En la soldedad de un cielo muerto, la agencia EFE entrevistó al joven escritor mexicano radicado en Canadá, Laury Leite. El siguiente es el link de la entrevista. El libro, por su parte, ya está llegando a las librerías de Estados Unidos, y se encuentra disponible en la red mundial de Amazon.

https://es-us.noticias.yahoo.com/mexicano-laury-leite-nutre-demencia-pr%C3%B3xima-novela-145000672.html

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Lazy: nuevo sello en inglés de La Pereza Ediciones, Corp



Lazy: nuevo sello en inglés de La Pereza Ediciones


Desde hace más de seis meses nuestra editorial ha venido planteándose algunos cambios y dando pasos lentos, pero siempre seguros, hacia una reestructuración interna. Esto es inevitable cuando te encuentras a cargo aun de la más pequeña de las empresas, y sobre todo si hace más de cinco años has variado muy poco tu estilo de trabajo. Pero esa es la necesaria experiencia que deviene de los necesarios errores, los cuales uno debe tener la inteligencia de asumir.

Mi compañero en la editorial, Dago Sasiga y yo, acariciábamos desde hace mucho rato, el sueño de un sello en inglés dentro de La Pereza Ediciones. Ya teníamos Bovarismos, dedicado a la narrativa femenina clásica y contemporánea. Pero entendíamos y seguimos entendiéndolo así, que debemos, en una editorial que abarca todos los géneros, consolidar nuestras colecciones.

El sello en inglés, entonces, era vital.

Un giro en mi destino académico y la mudanza definitiva de Miami a Gainesville, provocó que Lazy llegara justo con los fuertes vientos del huracanado mes de septiembre de 2017.

Quiero y necesito, agradecer a muchísima gente involucrada en el equipo de La Pereza, quienes han mostrado con nosotros infinita paciencia, esa paciencia sólo presente en los que de verdad, aman el arte y la literatura.

En primer lugar, a nuestros escritores. Habiendo hecho cambios también en el catálogo, esos que nos siguen acompañando son esos que han entendido, por ejemplo, nuestros retrasos para que el libro entre al fin, o salga, ¡al fin!, de la imprenta.

A los amigos. Todos ellos, aunque sean pocos, saben quiénes son.

A nuestro diseñador Eric Silva, porque en los momentos oscuros de La Pereza, esos momentos ineludibles y hasta deseables en una travesía, ha estado siempre ahí, ofreciendo lo mejor de su genio, sin reservas. Y porque además, sin Eric Silva, nuestra línea de diseño editorial no sería lo que hoy es. He vivido enamorada de todas las portadas trabajadas por él, del logo de La Pereza Ediciones, de Bovarismos; y ahora he caído rendida a los pies del logotipo de Lazy.

Gracias a los editores que nos han colaborado, pero sobre todo, al que siempre ha permanecido, “más allá del bien y del mal”: Ernesto Pérez, un escritor y editor, más que cubano, habanero; y excepcional. El mismo que pensó el nombre de este sello. Porque Ernesto es el tipo ideal para los nombres.

Todos hemos tenido nuestras desavenencias, también ineludibles y a veces, deseables, a lo largo del camino. Pero esto no ha sido ni con mucho lo que ha predominado. Lo bueno es que aquí continuaremos, para seguir llevando a cada lector el libro que se merece.

Lazy se inaugurará con tres novelas: Jorge Volpi (México), Edgar Borges (Venezuela), Yolanda Arroyo Pizarro (Puerto Rico), y con un libro de cuentos de José Acevedo (España).

Tendrá Lazy también la aspiración de traducir al inglés obras escogidas de lo mejor del catálogo. Escritores como Carlos Cortés (Costa Rica), Yoss (Cuba), Perla Suez (Argentina), Luis Felipe Lomelí (México) y Pedro Ángel Palou (México), éste último también fundador, junto a Volpi, del Crack, hombre con un sentido del humor único y una capacidad de imitar acentos que he tenido el privilegio personal de comprobar.

La Pereza Ediciones, por su parte, continuará publicando su narrativa más “macho”. Muestra de ello es la inminente entrada a imprenta de una novela del reconocido cineasta argentino Beda Docampo: El gran momento. Así como inminente es ya la salida al mercado de un libro de ensayos que personalmente edité y que fue una delicia para mí hacerlo. Se trata de El ensayo del arte, de Eloy Urroz, otro de los fundadores del Crack, con quien, me enorgullece decirlo, comparto la misma pasión por las mismas obras maestras del séptimo arte; o por casi todas, que viene a ser lo mismo. El Crack, valga decirlo, ha sido incondicional con La Pereza. De ahí que Manifiesto del Crack (1996)/Postmanifiesto del Crack (2006) haya sido una de nuestras últimas publicaciones.

Llega también nuestra eterna apuesta por las nuevas voces: Laury Leite (México) y Z. Ferro (Cuba-Estados Unidos); ésta última se publicará dentro de la colección Bovarismos. Ambas son dos novelas excelentes.

Nuestro buen amigo Jorge Volpi nos comentó una noche, entre tequila y tequila en nuestra antigua casa en la ciudad del Sol, que “abrir una editorial en Miami era como abrir una editorial en Cancún”. Nos resultó muy gracioso en el momento que lo dijo; pero luego empecé a pensar la frase como tragicómica. Miami es realmente una ciudad en la que es muy difícil, o casi imposible, encontrar lectores verdaderos. Y los lectores son, a fin de cuentas, los que definen el éxito o fracaso de una editorial.

Mas hoy, desde Gainesville y con mil proyectos más en mi cabeza, estoy más segura que nunca que los libros son universales, y que sí, literalmente, se puede vivir de ellos. El panorama no es tan sombrío como algunos lo pintan. Pero el secreto es muy simple: no se trata de pensar solamente en vivir de ellos. Se trata de vivir para ellos; y de no poder, de ningún modo, vivir sin ellos.

Greity Gonzalez Rivera
Directora Editorial
La Pereza Ediciones, Corp





jueves, 25 de mayo de 2017

"Facundo Cabral: sus últimos correos", reseñado por la agencia EFE


El siguiente es el enlace a la reseña de EFE. (El libro se encuentra disponible en Amazon y librerías).

https://www.efe.com/efe/america/cultura/editan-en-miami-un-libro-con-los-correos-de-facundo-cabral-a-uno-sus-amigos/20000009-3274011





"Okigbo," según Jorge Volpi


OKIGBO



Jorge Volpi


Disponible en Amazon



Estaba un día Okigbo dando un paseo por la Ciudad Vieja, temeroso de que alguien  fuese a reconocerlo —se había dejado la barba y venía ataviado con un gorro tejido de tres colores—, cuando vio a la distancia una puerta entreabierta. Okigbo sintió que se le saltaba el corazón: había perdido la cuenta de la última vez que había estado rodeado por libros desde lo que los medios occidentales llamaban su “desaparición”. El Dr. Richardson ‘Ndajeé —no echaba de menos que ya nadie lo llamase así— suspiró para sus adentros y, avanzando en zigzag, se introdujo a través de la puertecilla de madera. En el interior, más un cuchitril que uno de esos espacios neutros y agobiantes en que se habían convertido las escasas librerías que quedaban en Occidente —cómo detestaba siquiera pensar esta horrenda palabra—, había cientos de volúmenes añosos, apolillados, mezclados sin ningún orden. Okigbo sintió una felicidad inusitada al darse cuenta de que no sería presa de ninguna clasificación forzosa —ficción vs. no ficción; literatura ordenada por la lengua en que había sido escrita; la abúlica serie alfabética— sino ante el puro azar o más bien la pura suerte que había conducido esos ajados ejemplares hasta este oscuro rincón del planeta. Una lágrima escurrió por su mejilla cuanto tomó el primer volumen de una pila —una maltrecha edición en croata de Alain Badiou— y se puso a ojearlo con frenesí, como si el dueño del local, un anciano de barba blanca y la piel curtida por el sol, fuese a arrebatárselo. Quién sabe cuántas horas pasó allí Okigbo, husmeando entre montones de libros, mientras el anciano roncaba o fingía roncar en su silla de bejuco, pero le pareció que muy pronto se hizo de noche. Temeroso de que fuese la hora del cierre, Okigbo tomó intempestivamente otro librito que asomaba en una de las estanterías del fondo y casi le dio un paro cardíaco cuando leyó la carátula que en el centro lucía una mancha de café: Okigbo, decía el título, y arriba de él aparecía el nombre de quien debía presentarse como su autor: Luis Felipe Lomelí.[1] Al Dr. Richardson ‘Ndajeé le temblaban las manos cuando se acercó al anciano, que ya no dormía sino veía en secreto una telenovela libanesa, pero se armó de valor, extrajo de su bolsillo unas cuantas liras arrugadas y se las entregó. A Okigbo le pareció entrever una sonrisa maliciosa, si acaso no perversa, en la boca del librero cuando por fin se decidió a abandonar el local. Lo más rápido que pudo se adentró en la ciudad, rodeó el zoco, dobló varias veces sin previo aviso, como si intentase despistar a un hipotético espía que lo siguiese, y por fin se encerró a cal y canto en su habitación. Decir que Okigbo pasó toda la noche leyendo Okigbo sería un eufemismo: no sólo leyó una, dos, tres veces el ejemplar manchado de café, sino que lo estudió, lo devoró, lo memorizó, horrorizado con lo que ahí encontraba. ¿Quién era ese Luis Felipe Lomelí que se presentaba como autor del libro, al menos en la cubierta, pero que en su interior decía ser apenas el “corrector de estilo” de la obra? No creía haber escuchado nunca ese nombre en el sinfín de universidades y centros académicos respetables que había recorrido a lo largo de su vida. De seguro tras ese nombre se ocultaba un investigador chapucero o, peor aún, un malicioso escritor de ficciones. Lo que descubrió Okigbo en Okigbo era que alguien se jactaba de conocerlo mejor de lo que él se conocía a sí mismo; que alguien, ese Lomelí o quien se ocultara tras su ridículo nom-de-plume, se había apropiado de su vida, o al menos lo había intentado, contando cientos de episodios que en efecto había vivido, reproduciendo —sin autorización— citas y materiales de sus conferencias y de sus propias publicaciones académicas y, lo que es peor, exhibiéndolo sin pudor alguno. No es que el susodicho Lomelí mintiese, era algo más terrible: aunque los hechos expuestos fuese verídicos —nadie mejor que él para atestiguarlo— estaban escritos con un estilo que no dudaría en llamar ambiguo o pendenciero, debido al cual resultaba imposible saber si Lomelí no hacía otra cosa más que burlarse de él en cada página —y de paso de un sinfín de sus colegas progresistas, ecologistas, críticos poscoloniales, anarquistas, anticonformistas, neomarxistas, neolacanianos y neozizekianos— o si se limitaba a glosar sus obras y sus triunfos desde una no confesada admiración. Okigbo recordó la conferencia que impartió en alguna ocasión en la Universidad de Nuevo León, “Prolegómenos al encuentro de Don Quijote con Don Quijote”, y se dio cuenta de que Lomelí, o quien se ocultase tras este turbio nombre, además de desprestigiarlo lo plagiaba. Peor aún: lo plagiaba mal y con descaro. ¿Qué clase de libro era Okigbo?, se preguntó Okigbo. ¿Una biografía, una novela, una sátira al modo de Johnatan Swift o un vulgar panfleto en su contra? El Dr. Richardson ‘Ndajeé tenía que confesar que, como estilista, el tal Lomelí no era de los peores: el relato de su vida lo había mantenido no sólo entretenido, sino que le había arrancado más de tres carcajadas, y a la vez lo había hecho reflexionar sobre el cúmulo de saberes que había discutido en su carrera pasada. “No es un mal libro”, se dijo Okigbo, aunque la incomodidad de verse retratado y exhibido le sacase unas cuantas ronchas. ¿Qué hacer ahora? ¿Denunciarlo, perseguirlo? Desde su “desaparición” se había prometido no volver a cruzar palabra con sus detractores y enemigos, ese era su más auténtico proyecto político y estético hasta ahora, desvanecerse y mantenerse en silencio, dejar que los otros especularan sobre su destino, y de pronto venía este Lomelí a incordiarlo. No, no cedería. No volvería. Es más: saldría cuanto antes de ese pueblito que lo había acogido y se marcharía a la brevedad posible a otro lado. No cedería al impulso de escribir Metaficción en las obras de Aira, Piglia, Okigbo y Lomelí y su impacto en la narrativa latinoamericana posconflicto. No: la mejor forma de continuar con su carrera y su proyecto, con esta deconstrucción final de los saberes y poderes del mundo, consistiría en escribir, más que una réplica al infame libro de Lomelí, una continuación de sus memorias. Igual que Cervantes venció al infame Avellaneda escribiendo la auténtica segunda parte de su libro, él aplastaría ahora a su rival tramando otro Okigbo, un Okigbo escrito por el propio Okigbo Richardson ‘Nadjeé, en el que falsificaría todos los hechos de su vida, en el que retorcería cada uno de los episodios de su infancia, su juventud y su vejez hasta su “desaparición”, y lo firmaría, sí, como Luis Felipe Lomelí, de modo que circulasen en el mercado dos Okigbos, uno que narrase con acierto e ironía sus verdaderas aventuras, y otro con respeto y nostalgia su falsa biografía. Así, los lectores jamás podrían saber qué era real y qué mentira. Okigbo paladeó su brillante idea y, comenzando a empacar los pocos objetos que había llevado hasta esa ciudad en el desierto, comenzó su apócrifo Okigbo con estas palabras: “Estaba un día Okigbo pelando una papa orgánica de su huerto…”[2]



  











[1] Okigbo estaba convencido de que se trataba de un seudónimo pero, ante la forzosa ausencia de Internet a la que él mismo se había condenado, en ese momento no tenía modo de comprobarlo. (N. del P.)


[2] A la fecha no se ha podido establecer cuál es el Okigbo escrito por Okigbo y cuál el Okigbo escrito por Lomelí (o el autor oculto tras este seudónimo). Cuando la editorial me pidió este prólogo, acepté escribirlo a sabiendas de que el misterio quedaría allí, al arbitrio de los lectores. Juzgue cada quien.